Si quieres mejorar la forma en que enseñas mira este video.
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El pasado diecisiete de mayo, además del día contra la homofobia, coincidieron otros eventos.
En el Consejo de Ministros se aprobó la Ley Wert que tantos rechazos está acumulando, y que de aplicarse supondrá un retroceso en el tiempo, volver a épocas que creíamos superadas; y que algunos siguen añorando, también hay que decirlo. El trámite parlamentario, con mayoría absoluta, puede ser un paseo. Aunque cabe la posibilidad de que se ofrezcan alternativas mínimas, centradas en lo menos trascendental para desviar la atención, como decía hace unos días @jochimet
En Jerez impartió una conferencia sobre historia de la educación en este
municipio Manuel Santander, al que se le otorgó la Medalla de Oro de Andalucía al Mérito en Educación en 2010, entre otras razones por su trabajo en la recuperación de la memoria histórica en el campo de la educación. ¡Qué bien nos vino a los asistentes recordar, con imágenes
incluidas, la situación de la que partimos! ¡Aquellos centros, aquellas aulas, aquellos materiales, aquellas carreteras, aquellas normas, aquellas leyes! ¡Aquella realidad! Y también aquellos años de proyectos compartidos, de formación del profesorado, de ilusiones educativas dinamizadas por un equipo de inspectores (eran todos hombres, lo normal entonces) que amaban la educación y encontraron caldo de cultivo favorable en el magisterio de la época, dispuesto a dedicar horas, ilusión y esfuerzos a su tarea diaria . Hablamos de Francisco F. Pozar, de Paco Poveda, de Diego Bejarano, del propio Manuel Santander.
Cuando se destaca lo mal que está la educación, se nos olvida generalmente que tratar igual a los que son distintos puede ser una injusticia, que la necesidad de compensar es una realidad.
Enmarcar la Ley Wert en el contexto del recorrido desde 1936, dio una idea de los vaivenes y las incoherencias de una evolución a ventregones, que de ninguna manera ha sido lineal.
El pasado viernes, aprovechando que el 17 de mayo se considera el día internacional contra la homofobia, hemos hablado en clase (segundo de ESO) del tema.
Me he dado cuenta de que intelectualmente entienden y aceptan la homosexualidad como algo normal, aunque no tengo muy claro si porque saben que eso es lo correcto y tienden a decirnos lo que saben que queremos oir, o porque de verdad lo creen.
Conocen a adultos, hombres y mujeres, que prefieren a personas de su mismo sexo. Pero si intuyen en alguno de sus compañeros (especialmente en los chicos, sí) algún detalle que les haga pensar que puede ser gay, sus puyas, sus insultos, sus motes, estarán preferentemente destinados a destacarlo en tono ofensivo.
Pero ¿qué se puede esperar de los y las adolescentes si entre los adultos en el lenguaje ordinario la mayor parte de las veces se usan las palabras relacionadas con el tema en sentido peyorativo? ¿Si lo que oyen en su casa es, mayoritariamente, negativo en el fondo y en la forma? ¿Si en la fachada de una discoteca de ambiente se ha mantenido durante meses una pintada que les tachaba de ENFERMOS, así, con mayúsculas?
Algunos reconocen que no se sienten seguros respecto a sus propias inclinaciones, o han escuchado que eso es normal aunque a ellos no les pase, y otros no quieren saber nada de dudas. Y cabe dentro de lo posible que sean estos últimos los más dudosos y los que más molestan a los «sospechosos», porque el miedo es mal consejero.
Creíamos estábamos en camino de alcanzar la igualdad efectiva pero en esto, como en tantas otras cosas, estamos caminando en sentido contrario, marcha atrás.
Si no se lo creen, lean este artículo de Carlos Elordi que aporta los datos objetivos.
Pués sí, asistí a la manifestación.
Y algo me ha sorprendido gratamente: la juventud, los estudiantes, chicos y chicas, han tomado la iniciativa. Han sido mayoría por primera vez en una manifestación en la que lucha por sus derechos, por su futuro. Y se han hecho notar.
Por eso estoy contenta: han empezado a organizarse para aprovechar la oportunidad ydefender lo que consideran, con razón, que es su derecho incuestionable a tener un futuro.
Sí, una vez más, y cargados de razones, estamos diciéndole a Wert, y a quien tenga
oídos, que queremos una educación de calidad y la ley que mañana se aprobará en el congreso no es la forma de conseguirla.
Estamos de acuerdo en que es necesario mejorar los resultados de nuestra escuela, y en eso estamos empeñadas muchas personas desde dentro. No todas las que son necesarias y no todas de acuerdo en el método para conseguirlo, pero ahí estamos.
Ya dije, nada más leer el borrador de esta ley clasista y segregadora, que convertirá la escuela en una carrera de obstáculos y supondrá una marcha atrás en demasiadas cosas, que no estaba de acuerdo ni con el planteamiento.
Hoy, meses después, me reafirmo en mi desacuerdo con más razones si cabe, y más pensadas; aunque no vaya a insistir en ellas ahora.
Defender la enseñanza pública es defender el futuro del país, de la mayoría, todavía
demasiado silenciosa, a la que esta ley dejará a merced de la arbitrariedad. Si las familias demandan concertada, se ampliarán los conciertos. Y cuando una mayoría de la clase media (lo que quede de ella) pague dos veces por la educación de sus hijos e hijas (porque somos conscientes de que la concertada no es gratuita aunque debiera, ¿o no?); pues eso, cuando sólo quede en la pública quien no pueda o no quiera repagar, ¿quién va a defender nuestra escuela de tod@s y para tod@os? Se manipula mucho mejor a personas sin formación y sin criterio.
Como creo que defender el futuro de las generaciones posteriores es una obligación, estoy en huelga esta mañana, e iré a la manifestación esta tarde.