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Recuerdos en Reyes

Hoy, día de Reyes, a lo largo de todo el día he oído de muchas personas, unas conocidas y otras no, los regalos de reyes que recuerdan de forma especial, o los que desearon y no recibieron.

Y han venido a mi mente dos regalos de reyes que fueron tan especiales que no los he olvidado.

El primero corresponde a una mañana en que mis dos hermanas y yo (sólo éramos tres entonces, llegamos a ser nueve) recibimos por sorpresa un par de mandarinas.  Ni siquiera sabíamos que esa noche debían llegar los reyes. No había cabalgata, y ¿quién se atreve a hablar de reyes a sus niñas si no hay juguetes que poner en los zapatos? Es la tristeza de mi madre al explicarnos que nuestros reyes eran pobres la que se me quedó grabada.

El segundo si fue un juguete: un precioso juego de café de plástico de colores, recibido de una prima de mi madre que no pertenecía a la clase «humilde». Era tan bonito que pasó a decorar una repisa de la sala sin que pudiéramos jugar con él en muchos meses por temor a que se rompiera.

No todos los recuerdos de la infancia son agradables.

Fotos de la playa en la que esta tarde recordaba lo anterior.

 

Una mujer valiente

Ayer conocí a una mujer valiente. Nadie lo hubiera dicho viéndola charlar amigablemente con una chiquilla de 13 o 14 años que, como ella, había salido a pasear a su perro. Pero lo es, ¡ya lo creo que lo es!

Ha sido capaz de abandonar la comodidad de un matrimonio con un hombre de buena posición económica, que la llevaba donde ella quería, con el que compartía una casa estupenda en un pueblecito y dos hijos ya mayores, por un piso en un barrio obrero de Jerez en el que sigue educando a sus dos hijos, trabajando en el cuidado de personas dependientes (ese nicho de empleo que ha creado la Ley de dependencia) cuando la llaman, dispuesta a aceptar otro tipo de trabajo si surge, mientras disfruta de su recien estrenada libertad. Seis meses hace que  vive sin pareja.

Reconoce que su exmarido no es mala persona, pero no la dejaba respirar. Se hicieron novios cuando ella tenía 14 años, y desde entonces ha vivido por y para  él. Y para sus hijos, naturalmente.

– Yo sólo era la mujer de Fulanito.

Los problemas empezaron cuando quiso» sacarse el carnet»

– ¿Y tú para qué quieres conducir? Si yo te llevo donde quieres.

Reconoce que era verdad, pero… con eso no se sentia satisfecha. Pelearon, pero se sacó el carnet.

Luego, una cosa lleva a la otra,  quiso tener su propio coche y entonces sí que se armó la gorda. Los argumentos, los mismos:

– ¿Para qué necesitas un coche si yo te llevo donde quieres? No lo entiendo.

– Sí, pero yo a veces quiero hacer algunas cosas sin ti.  Salir con mis amigas, ir de compras… Tú las haces sin mí. Además, tú te has comprado dos cochazos desde que nos casamos y yo nada.

Aquello dolió, pero insistió tanto que terminaron comprando, a regañadientes, un coche pequeño para ella… con los papeles a nombre de él. El seguro también, con la disculpa de que era más barato. En resumen:

– Yo no tenía nada que pudiera decir que era mío. Es verdad que casados en régimen de ganaciales las propiedades son de los dos, pero yo no lo sentía así.

Desde que diponían de dos coches, él dejo de llevarse el grande al trabajo, porque el pequeño era más cómodo:

– Cuando lo necesites me llamas y te lo acerco, o pasas por el trabajo a recoger la llave.

Y cuando lo hacía, dónde vas, con quién, por qué, qué se te ha perdido, es que sólo quieres problemas…

Habló con su madre y, aunque todavía no lo entiende, se puso de parte de él, que la tenía como una reina aunque ella no supiera agradecérselo. Aunque la separación ha sido difícil, y lo ha pasado muy mal, su madre sigue pensando que debe agradecer al exmarido que cumpla con su obligación de pasarle la asignación a los hijos. Es decir, no ha encontrado el apoyo de la persona de la que más lo esperaba. Es  una de las cosas que más le duelen, porque una madre (ella lo es, y lo sabe) debe comprender a sus hijos y apoyarles en sus decisiones, aunque no esté de acuerdo con ellas, especialmente cuando son difíciles y dolorosas.

Ha tenido el valor de irse del entorno conocido a otro en el que no conocía a nadie, y no se arrepiente. Aunque sus posibilidades económicas estén muy limitadas, la sensación de ser libre, de sentirse persona independiente, de poder tomar decisiones sin que otra persona tenga que aprobarlas, es tan intensa que supera ampliamente los inconvenientes.

Cuenta que una tarde en que había ido a la playa sola, tendida al sol mirando al cielo, viendo volar las gaviotas,  se dio cuenta de que se podía quedar allí el tiempo que quisiera, sin tener que dar explicaciones de por qué llegaba tarde, o pronto. Fue consciente del cambio que había introducido en su vida. Y se sintió feliz. Todavía se emociona al recordarlo.

Puede parecer una historia menor pero yo, que también he pasado por una separación después de muchos años de convivencia, valoro su coraje y su valor. Y termino con una de sus frases, que resume su proceso de personalización:

– Lo mejor que he hecho en mi vida ha sido sacarme el carnet, porque fue el comienzo de mi nueva vida.

De eso hace seis años. Cinco tardó en tomar la decisión de separarse.

 

 

WordCamp Sevilla

Soy usuaria de WordPress, aquí y en mis blog de aula. Y organizaba el evento, entre otros, mi hijo. Por todo ello no tuve dudas en inscribirme.

El sábado por la mañana, una de las personas de la organización me pregunta:

– ¿Has visto lo que dicen en la página central de WordCamp?

No, no había visto. Lo he visto después. Decía esto

WordCamp Central2, (a la izquierda, en WordCamp Sevilla)

Naturalmente, Rafael’s mom soy yo. Y sí, les conté en cinco minutos lo que hago en clase con WordPress. Y les mostré algunos ejemplos de lo que hacen otros para sus centros.

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Un fin de semana interesante. Una pena que yo no estuviera en las mejores condiciones físicas.

 

 

Recortando, que es gerundio.

Las noticias sobre recortes nos asedian, y aunque pensáramos que educación debería estar a la cola de los recortes, ya que en teoría parece que estamos de acuerdo en que  el futuro del país depende de la formación de los individuos que lo conforman (eso es lo que dicen los políticos de cualquier ideología), muchos tenemos la impresión de que han empezado, precisamente, por la educación.

A estas horas ya no es noticia, pero sigue siendo merecedora del análisis que desde distintos ámbitos se le ha hecho, la carta en la que la presidenta de la comunidad de Madrid intenta convencer al profesorado de que lo que le pide es poca cosa. Aquí la enlazo comentada por @Nando_J y aquí corregida por manos anónimas.

Lo grave es que mientras se recorta en la enseñanza pública se inyectan subvenciones equivalentes en la privada. Lo explica con todo lujo de detalles Ignacio Escolar.

¿Y se pueden creer que la comunidad de Madrid presupuesta más para enseñanza de la religión en las aulas que para bilingüismo?

Da la impresión de que se pretende desprestigiar la enseñanza publica, empezando por minusvalorar al profesorado que tan poco trabaja, para dejarla como reducto para aquel alumnado que no tenga otra opción. Muy liberal la actuación.

No toda la ciudadanía está de acuerdo con el planteamiento de la señora Aguirre, como demuestra el artículo de Elvira Lindo, hoy en El País. Y las asociaciones de padres y madres que se están mobilizando al mismo tiempo que los docentes. Pero hay personas que hoy piensan peor de nosotros como colectivo.

Y para terminar esta dolorosa constatación de lo que nos espera, porque esto acaba de empezar, quiero enlazar un artículo escrito en mayo por Antonio Muñoz Molina, que tiene hoy la misma vigencia que entonces, que puede servirnos para reconocer nuestros errores como país y como personas individuales y decidirnos a ser ciudadanos y adultos, no adolescentes perpetuos, entre el letargo y la queja.

 

 

Consecuencias de usar internet

Todas las innovaciones han producido temores y escándalos. Incluso aquellas que han facilitado la vida han suscitado miedos.

Las relacionadas con la cultura, también. Hasta es posible que más que otras, al no estar directamente relacionadas con la supervivencia.

La imprenta, que hoy nadie duda lo que significó al poner la cultura de cierto nivel al alcance de muchas más personas, hizo innecesario aprender de memoria aquello que se transmitía por tradición oral. Y al fijar una versión de, por ejemplo, las obras teatrales, impidió su adaptación al contexto como al parecer era la tónica dominante con anterioridad. (Al menos eso dicen, valorándolo negativamente, los que hablan del paréntesis Gutenberg)

Antes de la generalización de los teléfonos móviles todos guardábamos en la memoria un buen puñado de números que usábamos con cierta frecuencia. Hoy hacemos la consulta no a nuestra memoria, a la del aparato. ¿Hemos perdido capacidad de memorizar, o la dedicamos a otros menesteres?

Cuando no disponíamos de calculadora hacíamos operaciones larguísimas, dedicando a ellas un tiempo que hoy no estaríamos dispuestos a invertir en ello. Me molesta que cuando voy a comprar tres pasteles tengan que sumar con la calculadora, si sucede, pero no quiero que mi alumnado dedique el tiempo de clase a hacer raíces cuadradas, por ejemplo.

Hoy, el uso de internet está haciendo innecesario guardar en nuestra memoria una ingente cantidad de datos. El tiempo del enciclopedismo pasó hace rato, nadie puede saber todo de casi nada. El concepto de persona culta está cambiando, lo queramos o no. Los jóvenes de hoy, aunque a algunos les cueste reconocerlo, manejan mucha más información que los  de hace sólo veinte años. Es otra información, claro: la que para esta generación es relevante.

Hay muchas discusiones al respecto, todos y todas opinamos desde nuestro particular enfoque. Y no siempre lo hacemos analizando todas las variables, porque nuestros apriorismos influyen demasiado en nuestro pensamiento.

Hoy Vargas Llosa publica un artículo en el que, reconociendo que carece de los conocimientos neurológicos y de informática para juzgar hasta qué punto son confiables las pruebas y experimentos científicos que describe Nicholas Carr  en el libro del que parte para dar su opinión, deja ésta clara: cuanto más inteligente sea nuestro ordenador más tontos seremos nosotros. El título ya es elocuente: Más información, menos conocimiento.

El debate sobre si el cambio en el uso que hacemos de nuestras capacidades influye en la estructura interna de nuestro cerebro, en nuestras conexiones neuronales, será resuelto, posiblemente sin tardar mucho, por las investigaciones  que ya están en curso. Pero sean cuales sean los resultados, la realidad ya está modificada y no tiene que ser para mal, como muchos presuponen. Lo decía hace unos días, en un documentado artículo, Perogrullo: Internet modifica la memoria: para bien.

En la enseñanza, cuando se repite tanto lo que hemos bajado el nivel, porque se exigen menos datos, olvidamos que se piden, cuando lo hacemos bien, más relaciones entre ellos, más causas y consecuencias es vez de listas de nombres y fechas, es decir más elaboración de contenidos, más nivel en definitiva.

Y va siendo hora de que saquemos consecuencias de la nueva realidad que se ha impuesto en la sociedad. Aunque sea por supervivencia, porque si no lo hacemos, nos arrollará: tiene potencia suficiente para ello.

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