Entre visillos

No tengo en principio ánimo de comentar cada libro que lea, pero sobre algunos, por diversas causas, escribiré mis impresiones. Ni que decir tiene que no se trata de hacer crítica literaria, para eso hay especialistas y yo sólo soy una lectora por placer.

Entre visillos me ha provocado una cierta melancolía, ha traído a mi mente recuerdos en un doble sentido. Por una parte, ya lo mencionaba en una entrada anterior, de lugares conocidos y valorados, a veces añorados. Y por otra, de situaciones, actitudes ante la vida, formas de relacionarse, incluso de ir por la calle, que, sin pertenecer a la clase social de los personajes de la novela puesto que ni de lejos nací en una familia burguesa, reconozco en muchos aspectos como propias de la sociedad de mi adolescencia y juventud. Una sociedad asfixiante en la que las cosas más sencillas eran imposibles y en la que la formación de las mujeres se pretendía reducir a la imprescindible para ser una buena compañera de su marido, es decir, cuanto menos, mejor. ¡Cuanto costó romper los clichés!

Leerlo me ha hecho consciente de lo mucho que las pautas han cambiado para las mujeres y también de que patrones de entonces los repiten mis alumnas de ahora por más que intentemos hacer que cambien. El machismo todavía permanece asentado en muchas relaciones. En la novela aparece nítido y aceptado, como lo más razonable del mundo, y en la actualidad se procura disfrazar o justificar con otros argumentos, pero… ahí está.

Me ha llamado la atención que en el prólogo se diga que transcurre en una ciudad de provincias, no identificada. Ya lo creo que está identificada, aunque no se la nombre.

Imágenes de algunos de los lugares en los que se desarrolla la novela:

Tomadas de Juan Bosco Marcel en Panoramio

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