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De aquellos polvos…

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Hace treinta y dos años que un claustro entusiasta, contagiado por un maestro de gimnasia (todavía se decía poco educación física) con  muchas y buenas ideas para mejorar la forma física de su alumnado, con su equipo directivo al frente y la colaboración de las familias y el ayuntamiento, 20160411_212025organizó el Maratón de Guadalcacín.  Se trata del Colegio Público Guadalcacín que más tarde se convirtió en C. P. Tomasa Pinilla en honor a una de sus primeras maestras, fallecida cuando cumplía treinta años de ejercicio docente en la localidad, mientras delirando creía que estaba en su clase.

Fué la primera carrera atlética del pueblo. 20160411_212016Como su objetivo era fomentar el atletismo y la actividad física de forma lúdica en el alumnado, era importante que pudieran participar desde los primeros cursos y, como las categorías oficiales no comienzan hasta los 8 años… inventaron otras nuevas: pitufos, para 6 y 7 años y pañales para 4 y 5. (Todavía el alumnado de 3 años no se había incorporado a la escuela)

¿Podéis imaginar lo que supone la organización de algo así? Inscripciones, dorsales (a mano, naturalmente), medición del circuito, colaboradores para los cruces de calles, megafonía, trofeos (donados por tiendas o otros establecimientos), colaboración de Cruz Roja por si…., llegadas, clasificaciones y toda una mañana de sábado de nervios, ilusión y satisfacciones al final. Porque fue un éxito.

20160411_212131En aquella primera carrera corrieron la mayoría de los alumnos y la alumnas del centro y muchos que no lo eran pero, como es lógico, la afluencia de inscripciones en las categorías de mayores fue pequeña.

Desde aquel  1984 Guadalcacín ha mantenido su cita primaveral con los atletas. Durante muchos años la organización corrió a cargo de colegio y paulatinamente el ayuntamiento fue asumiendo más responsabilidad.

 

…estos lodos:

Hoy es una carrera de reconocido prestigio organizada por la delegación de deportes del Ayuntamiento de Guadalcacín en coordinación con la federación gaditana de atletismo. En la prueba reina, en la que corren mujeres y hombres de 16 años en adelante clasificados en siete categorías diferentes en cada sexo, este año han participado más de doscientas personas, lo que indica que el foco ha basculado hacia los mayores, pero se mantienen las categorías no oficiales con gran afluencia (más de treinta por categoría y sexo).

Los preparativos
Los preparativos
El ambiente
El ambiente
Grupos de participantes
Grupos de participantes
Categoría "pañales", futuros atletas
Categoría “pañales”, futuros atletas
El corredor de más edad, Pedro Rizo, con 81. Dice que no se ha perdido la carrera ningún año.
El corredor de más edad, Pedro Rizo, con 81 años. Dice que no se ha perdido la carrera ningún año.

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Aprendí a leer

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En un pequeño pueblo de la provincia de Salamanca de alrededor de mil habitantes, la mayoría de los cuales malviven de la agricultura, propia o a jornal. Naturalmente, unos cuantos viven con holgura porque tienen tierras suficientes para ello, y alguno tiene hasta una dehesa, pero no hay que contar con él más que el día de la romería, que va hasta la ermita de su propiedad, y en ocasiones para las caridades de navidad al estilo de Los santos Inocentes de Delibes.

Debía ser el año 1954 porque mi madre siempre ha dicho que como doña Juana, la única maestra en aquel momento, era su vecina y la quería mucho, me admitió antes de cumplir los 6 años. Por espacio en el aula no había problemas. Como todavía no se había construido la escuela de niñas, la clase se impartía en el salón parroquial, un espacio rectangular largo y estrecho, mal iluminado por tres ventanas verticales. Allí cabíamos las alrededor de 60 niñas del pueblo en edad escolar, de 6 a 14 años.

La escuela era, claro está, unitaria de niñas. Cuando se construyó el edificio, creo que al año siguiente, pasó a ser graduada de niñas, al lado de la graduada de niños, pero sin relación ninguna con ella. A partir de entonces tendríamos dos clases: doña Juana se quedó con la de las mayores y las pequeñas pasamos a manos de la nueva y también estupenda maestra: doña Consuelo.

El material con el que acudíamos a la escuela no tenía nada que ver con el actual: consistía en la cartilla, una pizarra del tamaño aproximado de una cuartilla incluyendo su marco de madera, un pizarrín y un trapo para borrar que se llevaba atado para que no borráramos con la mano. Una vez que sabíamos escribir con soltura pasábamos a usar el cuaderno de dos rayas y el lápiz.

El respeto a la maestra, como a los padres, tenía a veces más que ver con el miedo que con otra cosa, porque los castigos físicos no estaban mal vistos y no eran raros, aunque no pasaran de una bofetada o unos azotes. Todas, y todos, teníamos claro que más valía que en casa no se enteraran de que  en clase nos habían reñido, castigado o dado una torta: recibirías el doble.

Asistir a clase era una posibilidad que se iba al garete cuando había algo que hacer en casa o en el campo. La de veces que le escuché a mi abuela aquello de que el oficio del niño es poco pero el que lo pierde es un loco. Sólo cuando la razón era hacer los dulces para las fiestas del pueblo no me importaba faltar a clase. Pero a veces se consideraba imprescindible.

Siempre me he preguntado cómo se las apañaban los maestros y maestras de entonces para atender a toda aquella chiquillería tan dispar. Recuerdo el runrún de la clase, bajito, porque cuando hablaba la maestra se la oía, pero permanente, como el de una colmena.

Cada grupo hacía tareas diferentes, y había ratos en que alguna de las mayores daba de leer a las que estábamos aprendiendo. Las cosas se hacían sin prisa, cuando ya sabías leer una página de la cartilla pasabas a la siguiente. Si alguien en casa leía contigo, o tenías mucha facilidad, aprendías antes. Si no era el caso, tardabas más.

La vida de las niñas y los niños no era fácil entonces, como tampoco lo era la de los adultos. Comodidades, ninguna, ni siquiera agua corriente, ni luz eléctrica, con todo lo que ello implica. La comida escaseaba en muchas casas, la nuestra entre ellas. En aquellos inviernos tan fríos que se helaba el agua del caorzo hasta el punto de que los muchachos lo recorrían en toda su longitud patinando bajo los árboles, la única fuente de calor en el aula, aparte del que nosotras generábamos, era un brasero de cisco bajo la mesa de la maestra. Había días en que no podíamos escribir porque las manos se nos entumecían de frío.

Pero a luz de un candil y al amor de la lumbre, en mi casa, en las largas noches de invierno, se producía un milagro: se escuchaban historias fantásticas, terribles, bonitas… que no tenían nada que ver con la vida que vivíamos, en las que los protagonistas pasaban muchas penalidades pero terminaban siendo felices. Mi padre leía en voz alta y los demás escuchábamos embobados, las manos ocupadas si había faena: desgranar maíz, seleccionar las alubias, coser o hacer punto. Los pocos libros que había en la vecindad circulaban de casa en casa: se prestaban (como el pan, pero esa es otra historia). Y si se acababan, se volvían a leer.

Si leyendo se podía conocer historias y enterarse de las partes que una se perdía cuando uno de los más pequeños lloraba (mi familia aumentaba cada dos años) y había que ir a mecerlo hasta que se dormía, ¿cómo no querer leer? Yo creo que me gusta la lectura desde antes de ser lectora gracias a esta costumbre familiar que se perdió cuando llegaron la comodidades y hubo otras formas de entretenimiento.

Escribí este post a petición de Mayti. Ella lo publicó en su blog   del  mismo título e hizo la ilustración.

Coincidencias

El pasado diecisiete de mayo, además del día contra la homofobia, coincidieron otros eventos.

En el Consejo de Ministros se aprobó la Ley Wert que tantos rechazos está acumulando, y que de aplicarse supondrá un retroceso en el tiempo, volver a épocas que creíamos superadas; y que algunos siguen añorando, también hay que decirlo. El trámite parlamentario, con mayoría absoluta, puede ser un paseo. Aunque cabe la posibilidad de que se ofrezcan alternativas mínimas, centradas en lo menos trascendental para desviar la atención, como decía hace unos días @jochimet

En Jerez impartió una conferencia sobre historia de la educación en este (Miguel Gomez/La Voz De Cadiz)municipio Manuel Santander, al que se le otorgó la Medalla de Oro de Andalucía al Mérito en Educación en 2010, entre otras razones por su trabajo en la recuperación de la memoria histórica en el campo de la educación. ¡Qué bien nos vino a los asistentes recordar, con imágenes escuela-antiguaincluidas, la situación de la que partimos! ¡Aquellos centros, aquellas aulas, aquellos materiales, aquellas carreteras, aquellas normas, aquellas leyes! ¡Aquella realidad! Y también aquellos años de proyectos compartidos, de formación del profesorado, de ilusiones educativas dinamizadas por un equipo de inspectores (eran todos hombres, lo normal entonces) que amaban la educación y encontraron caldo de cultivo favorable en el magisterio de la época, dispuesto a dedicar horas, ilusión y esfuerzos a su tarea diaria . Hablamos de Francisco F. Pozar, de Paco Poveda, de Diego Bejarano, del propio Manuel Santander.

Cuando se destaca lo mal que está la educación, se nos olvida generalmente que tratar igual a los que son distintos puede ser una injusticia, que la necesidad de compensar es una realidad.

Enmarcar la Ley Wert en el contexto del recorrido desde 1936, dio una idea de los vaivenes y las incoherencias de una evolución a ventregones, que de ninguna manera ha sido lineal.

 

 

Jubilación

Hace dos días que lo celebramos: mi amiga Charo se ha jubilado y está en condiciones de disfrutarlo.

Esto de la jubilación tiene casi siempre un sabor agridulce, aunque el término derive, como dijo en la suya Carmen Fatou, llorando, de júbilo.

La parte agria de ésta en concreto es que Charo no tiene gana ni edad de jubilarse. Y su marcha de la escuela priva a su centro de aportaciones valiosas: una maestra vocacional, siempre dispuesta a arrimar el hombro y que tiene el don de sacar de los que le rodean lo mejor de cada uno. Algo que viene bien en cualquier grupo humano pero en los que trabajan en centros docentes de la zona sur de Jerez, con las dificultades que tienen, es como el rayito de sol que alegra un día nublado. Así lo manifestaban sus actuales compañeras (ellas fueron las que hablaron).

La parte dulce es que se sienta tan bien después de lo mal que lo ha pasado. Que pueda disfrutar de la vida, de su familia y de sus amigos con tanta intensidad como lo hace. Es de las que prefieren quemar la vela de la vida por los dos extremos y hasta por el medio, a dejarla en un cajón para alimento de los ratones.

Esta noche nos emocionamos con ella. Tanto, que a más de una le costó luego coger el sueño. Y en adelante disfrutaremos con ella compartiendo los logros que seamos capaces de alcanzar y las frustraciones que la vida nos depare. ¿Para qué si no están las amigas?