La cultura del esfuerzo

Está de moda hablar de la cultura del esfuerzo en relación con los estudiantes, con la enseñanza más bien. (Ahora todo es cultura, hasta el botellón, dando a la palabra un significado que a mí no me parece muy adecuado). Pero bueno, en el sentido en que se usa la expresión, pretende que hay que cambiar los hábitos de trabajo relacionados con el estudio como si los niños fueran un caso aparte, como si sus padres y el conjunto de la sociedad actuaran de una forma distinta y fueran ellos los que se salen de la norma.

Pero no es así. La viñeta que desde el pasado año circula por colegios e institutos es paradigmática de la realidad que estamos viviendo:  demasiados padres sobreprotegen a niños y niñas como si fueran de cristal y no fueran en ningún caso responsables de nada. Totalmente cierto. Como profesora he recibido en el curso que acaba de terminar -y no es la primera vez- visitas de madres para reclamar menor exigencia, académica y de buenas formas. Y como miembro del equipo directivo son incontables las veces en hemos sufrido que madres y padres defiendan y justifiquen conductas injustificables: nada de lo que hacen sus hijos les parece mal.

Entonces, ¿por qué digo que no es cierto? Porque lo veo enmarcado en un contexto más amplio con los mismos patrones para los propios chicos y para el resto de la sociedad: la familia  sobreprotege a los niños en todos los ámbitos, no sólo en el escolar. Le da todos los caprichos, en ocasiones incluso antes de que los llegue a formular. Tienen como objetivo (lo he escuchado en multitud de ocasiones) que su hijo o hija -en muchas ocasiones único- sea feliz, entendiendo que lo es si no sufre las incomodidades de la vida, si tiene lo que quiere.

Pero ¿son ellos los únicos a los que se pretende evitar el sufrimiento? Entendiendo sufrimiento en un sentido muy amplio porque en muchas ocasiones se trata sólo de no tener que hacer un pequeño esfuerzo.  Ya salió la palabra: esfuerzo no parece estar relacionado con felicidad. ¿Cómo valorar entonces la satisfacción que produce disfrutar de algo conseguido a base de trabajo, sea la resolución de un problema  o el primer coche que uno puede comprar con el fruto de su trabajo? ¡Que forma más absurda de reducir los placeres de la vida!

Retomemos el hilo de la argumentación. Quería decir que los adultos tampoco aceptan para sí mismos el esfuerzo como algo cotidiano en su relación con niños y niñas: apagar la tele para facilitar que se concentren (¿quedarme sin ver la novela?), mantener su criterio cuando es preciso (soportar el mal humor adolescente), enseñar a hacer las cosas en vez de darlas hechas, hacerse cargo de los hijos en vez de cargar a las abuelas con el trabajo duro (la misión de las abuelas, dice un amigo mío, es darles caprichos, no educarlos).

Vivimos en una sociedad hedonista, que valora en exceso el placer momentaneo, que ha estado convencida (nos creimos ricos de pronto) de que todo se puede conseguir con facilidad. Quizá la crisis económica que tanto daño individual está haciendo nos ayude como sociedad, si somos capaces de aprovechar la coyuntura, a adoptar una perspectiva más racional. Los modelos que se están ofreciendo a la juventud, de personas que sin formación han alcanzado el éxito económico (que se identifica con el éxito sin adjetivos) no son adecuados, y hacen que, por ejemplo, para algunos padres y madres los entrenamientos con el equipo de futbol infantil tengan prioridad sobre las tareas académicas: el juego por delante del trabajo.

En pocas palabras: si queremos que el alumnado se esfuerce por aprender, los adultos que actuamos como educadores, padres, madres y profesorado, tenemos que enseñar con el ejemplo, no sólo exigirles que se esfuercen, que también, sino hacer visible nuestro esfuerzo.

Como muestra de que no soy la única preocupada por el tema, enlazo un interesante artículo de otro colega.

Imagen de aula9

3 comentarios en “La cultura del esfuerzo

  1. Completamene de acuerdo. Aún lo comentabamos hace un par de días en tertulia familiar intergeneracional. En muy pocos años la transición ha sido: preguntar por las notas, preguntar cuantas suspendiste y, finalmente, cuantas aprobaste.
    Claro que padres y madres tenemos responsabilidad en ello, sólo faltaría!

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