¡Sorpresa!

Anoche, en una cena de fin de curso, la persona que se sentó a mi lado me preguntó (aunque ella no tenía dudas):
¿Eres la madre de Esperanza?
– Sí. 
– Yo era la supervisora de Hematología cuando…

Y un aluvión de recuerdos, emociones, sentimientos…, me invadió.

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Esperanza no llegó a vivir seis años, pero fueron intensos. Tenía tres cuando descubrimos que padecía leucemia linfoide aguda, la más agresiva de las formas en que se presenta, y desde entonces luchamos a brazo partido contra ella, sufriendo cuando tocaba (los ciclos de quimio, que son durísimos siempre, entonces lo eran más), pero sin perder la sonrisa ni las ganas de vivir. Viviendo a marchas forzadas, madurando antes de lo que correspondía, comprendiendo lo incomprensible, dejando huella.

Llegamos a pensar que podía haber superado la enfermedad, pero finalmente nos ganó la partida, hace ya casi 36 años.

Todo lo vivido entonces me llegó por sorpresa cuando menos lo esperaba. No porque sea algo  habitualmente olvidado, que es imposible, sino porque es algo que comparto cuando quiero y con quien quiero, y anoche apareció de improviso, ocupando todo el espacio, sin dejar posibilidad de escapar.

 

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