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Titiriteros

La RAE define al titiritero como la persona que maneja los títeres. Pero tiene una segunda acepción que es la que personalmente asocio al uso de la palabra en mi infancia: Persona que con habilidad y arte anda y voltea por el aire sobre una cuerda o un alambre, y hace otros ejercicios semejantes.

En ambas acepciones y en sentido figurado hay en la actualidad muchos titiriteros, y no son precisamente los que han estado detenidos.

Hay expertos en manejar los hilos para desviar la atención de lo que no les interesa que se vea: mientras se habla de los títeres no se está debatiendo y sacando conclusiones  sobre la corrupción que debía ya haber inhabilitado para gobernar a un partido que al parecer la lleva en su ADN; un error en el ayuntamiento de Madrid, si se magnifica adecuadamente, puede dificultar acuerdos con Podemos.

Y hay expertos en hacer equilibrios para mantenerse en sillón, endosando a otros la responsabilidad de sus errores o malas prácticas: ni Rita Barberá, ni Esperanza Aguirre, ni Mariano Rajoy, ni tantos otros, aceptan ninguna responsabilidad por la corrupción en medio de la cual han vivido y siguen viviendo. El sentido común dice que no es posible que la desconocieran pero están convencidos de que ello no afectará a sus posibilidades de seguir.

Y los medios de comunicación colaboran eficazmente para lograr que los manejos y los equilibrios consigan lo que pretenden, cuando no son ellos mismos los que inician el proceso.

¿Cómo se puede entender que en el siglo XXI, en un país del primer mundo (no escribo democrático porque estas prácticas me temo que poco tienen que ver con la democracia) la libertad de expresión esté tan disminuida como para que se pueda detener a alguien por el contenido de un teatro de títeres?

Aplicando una ley que con razón se conoce como Ley Mordaza.

El cuento que contaban los títeres

 

Ayer y hoy

Ayer se cumplieron diez años de la aprobación de la ley que legalizó el matrimonio igualitario, haciendo un poquito más real el artículo 14 de la Constitución: Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.

Hoy entra en vigor la llamada Ley Mordaza que convierte en delito manifestarse en según qué sitios, hacer fotos o videos a la policía (impidiendo denunciar abusos), referirse a manifestaciones en redes sociales (pueden considerarte organizador y está prohibido organizarlas), que permitirá devoluciones de inmigrantes en caliente y hará innecesaria la intervención de un juez para multar con hasta 30.000 euros por las infracciones mencionadas y muchas otras. En resumen,  que  suprimen, so pretexto de regularlos, muchos de los derechos por los que tanto tuvimos que luchar. De un plumazo.

ley mordaza

Hace diez años se manifestaban la Iglesia, obispos a la cabeza, y el PP (el partido, algunos de sus miembros eran de otra opinión), considerando que la Ley que se iba a aprobar era un ataque frontal a la familia. Se equivocaron: ahora hay más tipos de familia reconocidos, pero la familia sigue tan viva como siempre. (O más: si no hubiera sido por el apoyo familiar, ¿qué habría sido de tantos parados como hay a consecuencia de una crisis que llegó para quedarse?) Y presentaron recurso de inconstitucionalidad, pero el Tribunal dijo que no, que no era inconstitucional.

Hace unos días (el 26 de junio) lo ha dicho también el Tribunal Supremo de Estados unidos: «Su esperanza es no ser condenados a vivir en soledad, excluidos de una de las instituciones más antiguas de la civilización. Exigen dignidad equitativa ante los ojos de la ley. La Constitución les concede ese derecho«. Eso dice la sentencia. No es un texto legal frío, sino una respuesta positiva a la encarnizada lucha sostenida por tantos activistas y negativa a los atacantes homófobos que tanto dolor les han causado.

Hace diez años construíamos un país más decente porque un país decente es el que no humilla a sus ciudadanos. Hoy no podemos decir lo mismo.